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5 de diciembre de 2017

CINTURONES SEXUALES


Todos hemos oído hablar del cinturón de castidad, más del femenino que del masculino, este artilugio de hierro con cerradura , con dos únicos y pequeños orificios dentados, para evitar tentaciones, y permitir las evacuaciones corporales, utilizado para asegurar el buen comportamiento de la entrepierna de él/ella, y que equivocadamente se asocia a la Edad Media, ya que las referencias en los textos europeos a los cinturones de castidad se remontan a siglos atrás, hasta bien entrado el primer milenio de nuestra era, pero hasta el siglo XI , y todas esas referencias se expresan como metáforas de la idea de fidelidad y pureza.

La leyenda sostiene que el cinturón de castidad , ligado a la nobleza, es una pieza que reafirma el ego posesivo del varón, la desconfianza en la dama que supuestamente venera, el miedo a que otro se muestre más viril que él, y, a la vez la aparición del instinto genético de proteger la herencia, de asegurara unos vástagos propios, de evitar la duda sobre si ese hijo es legítimo o pertenece a otro señor. Es la construcción de ese árbol genealógico de familias, noblezas, monarquías que llegan a nuestros días y en los que, lo único seguro es quien es la madre. 

Ese cinturón de castidad fundamentalmente impediría a la dama ser penetrada por otro varón, y el señor del castillo , ayudado del herrero se encargarían de sellar con un candado el artilugio, y de guardar celosamente la única llave. Pero la seguridad era escasa, ya que expertos abrían y cerraban aquellos cinturones con la misma facilidad con que hoy en día un experto abre y cierra cajas fuertes. Por otra parte el herrero siempre era susceptible de ser comprado y de estar en posesión de una copia de la llave que celosamente llevaba el señor al cuello. 

La leyenda lo asocia a aquellos nobles cruzados que cuando partían a sus largas luchas en tierras infieles, colocaban el cinturón de castidad a sus mujeres para asegurar su forzada fidelidad, y se llevaban la llave con ellos. Historia difícil de creer salvo que su objetivo fuera realmente la de quedarse viudos, ya que el uso prolongado del artilugio habría provocado una infección mortal a la portadora, a causa de la acumulación de orina y las heces fecales, así como por el roce y las llagas provocadas por el contacto del hierro sobre la piel. 

El mito alcanza a personajes tan conocidos como el propio Rodrigo Díaz de Vivar alias “El Cid”. Cuando sufre destierro en 1081, dicen que se aseguró de la fidelidad de su Jimena con un cinturón de castidad. Pero resulta del todo increíble creer que la dama mantuviera su entrepierna en tal situación durante seis largos años. 


No hay ninguna evidencia que nos indique que existieron o se confeccionaron este tipo de objetos en la Edad Media. La primera vez que se habla de ellos es en un libro de 1405, escrito por Konrad Keyeser, titulado Bellifortis, y que trata sobre máquinas de guerra. Es una obra muy técnica y ardua y se cree que el autor quiso amenizar un poco la lectura introduciendo una broma sobre un aparato que protegería la honra de los maridos cuando estaban en la batalla, lejos de sus mujeres. El cinturón de castidad pronto se convirtió en un mito del que se hablaba y se hacían numerosos chistes y sátiras para burlarse de los hombres impotentes o mayores que no podían controlar a sus esposas, que iban en busca de parejas más activas sexualmente. Hay dibujos de la época que plasman escenas en las que el varón, que se va de viaje, le pone un cinturón de castidad a su pareja; al mismo tiempo que el amante sale del armario con otra copia de la llave. 

Lo cierto es que ni siquiera se sabe con certeza cuándo fue inventado el cinturón de castidad que algunos sitúan en el larguísimo periodo comprendido entre 1500 y 1800. En cualquier caso corresponde a fecha muy posterior a la Edad Media, quizás en el Renacimiento, y fue popularizado literariamente en la Inglaterra del siglo XIX . 


Cinturones contra la masturbación

Es bastante más creíble, la versión que sostiene que la utilización del cinturón de castidad, se realizaba por parte de algunas mujeres y a iniciativa propia, como defensa contra la violación, en época de acuartelamiento de soldados, durante viajes y en estancias nocturnas en posadas, y también en conventos como elemento para evitar la masturbación (aún a mediados del siglo XIX, en la muy rígida época Victoriana, un tal doctor John Moodie lo prescribía para combatirla) y las relaciones sexuales entre la gente consagrada a Dios, y también como penitencia que los confesores imponían a damas dadas al sexo ilícito. 

Lo cierto es que existen muchas representaciones literarias, pero muy pocas referencias históricas de que un hombre pusiera un cinturón de castidad a su esposa. Y cualquier referencia literaria a un cinturón de castidad es probablemente alegórica o satírica. 

Lo insólito del asunto es que hoy en día, se continúan fabricando cinturones de castidad para ellas y ellos. Giuseppe Acacia, por ejemplo, lo sabe muy bien. Este italiano es el responsable de Gubbio, una empresa que se dedica a la comercialización de reproducciones de armas y otros objetos medievales, incluidos cinturones de castidad, falsamente atribuidos, como hemos dicho, a dicha época. Cada año, su compañía despacha, a diversos puntos del planeta (desde Estados Unidos a Rusia, pasando por Francia, Gran Bretaña, China, Argentina o los Emiratos Árabes) medio millar de cinturones de castidad, de los cuales aproximadamente un 30% son para hombres. 

También fabrican para hombres, aproximadamente el 30% de los cinturones de castidad que vende esta empresa italiana son para hombres, siguiendo las descripciones que de ellos hemos encontrado en diversos manuscritos medievales, señala Giuseppe Acacia. «El uso de los cinturones de castidad masculinos estaba bastante extendido en los conventos, a fin de evitar que los monjes mantuvieran relaciones sexuales entre ellos. Y también se empleaban para impedir que se masturbaran. 

Acacia sostiene , con buen criterio, que encerrar el deseo de la sexualidad en una prisión de hierro es en estos momentos un método absolutamente superado, ya que cualquiera puede abrir uno de estos cinturones con una simple llave maestra. Y añade que en el mercado existen otros artículos mucho más sofisticados que permiten a una persona asegurarse de la fidelidad de su pareja. No le falta razón a Acacia . 

Se dice que existen unas braguitas pensadas específicamente para detectar un posible engaño amoroso. Esas supuestas braguitas inventadas en los EEUU, que parecen se una gran broma internáutica, utilizarían alta tecnología militar, incorporando un sensor especial que localizaría  a la portadora mediante sistema GPS ,y registraría los cambios de temperatura ambientales, algo que por ejemplo ocurriría cuando la persona sufriera algún calentón o se despojara de esa prenda. La sonda envíaría entonces una señal a un procesador, que registraría la hora exacta del suceso y el lugar. Además de los cambios de temperatura, las bragas también serían capaces de detectar las modificaciones en la acidez cutánea, un parámetro que varía de persona a persona y que permitiría descubrir un cambiazo. 
Para amantes del fetichismo en los juegos eróticos, se venden cinturones de castidad hechos a medida con materiales plásticos y aluminio (los masoquistas prefieren el artesanal hierro) que comprenden desde modelos tipo tanga a otros que simulan lencería, para ellas, hasta graciosos artefactos para ellos.

Fuentes: El Enigma medieval-Jorge Blaschke -Editorial Robinbook/ Historia secreta del cinturón de castidad-Piero Lorenzoni-Editorial Martínez Roca /El Mundo-Crónica nº 534

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